MOLOCH

El bien y el mal tienen su origen en el hombre mismo, así fue, así es y así será siempre que nuestros pies rosen esta tierra, pero algunas veces la maldad encuentra forma y cuerpo por si misma, esto ocurre en diversos lugares de nuestro mundo, lugares que nuestros antepasados hicieron bien en ocultar, resguardándolos de mentes primitivas que jamás entenderían el alcance destructivo de su poder, pero esta historia es solo sobre uno de aquellos males, un mal que gracias a hombres inferiores encontró un seno en el que nutrirse a través de las eras hasta el día de hoy, ese mal se autodenomina codicia y esta no es una retorica barata sobre la codicia humana es en realidad la historia de cómo la codicia adquirió cuerpo y pensamiento propios; cuidado con las puertas que abrimos en nuestras almas, no por lo que pueda entrar en ellas sino por lo que de estas pueda salir.

Brasil, selva amazónica, 1769

El cardenal Marco Fiorelli pisaba tierra amazónica después de una extenuante travesía marítima, había sido enviado directamente por el Vaticano para establecer contacto con lo que quedaba de las tribus guaraníes de la región después de la reducción Jesuita, su misión oficial era realizar un informe detallado sobre el estado de la evangelización de tan menores criaturas, sin embargo, Fiorelli tenia una agenda oculta, Fiorelli fue uno de los pocos cardenales que se ofreció para dicha empresa ya que después de los incontables saqueos realizados por los portugueses en las tierras guaraníes de Brasil ya ningún eclesiástico quería pisar esos lares, para ellos agrestes y primitivos, pero en un principio ricos en oro y gemas preciosas, ahora solo había miedo y dolor viciando el aire de aquellas misteriosas tierras selváticas.

Lo que muchos no sabían es que Fiorelli era un adicto apostador, gustaba de todos los juegos de azar y ya había perdido en ellos mas de una pequeña fortuna, pero hacia ya un par de meses en que había conocido a un capitán de alto rango en el ejercito español jugando cartas en las entrañas del bajo mundo romano, el nombre del capitán era Rodrigo Zavaleta un hombre rudo, de espalda ancha y con una indemne cicatriz que recorría su rostro, recuerdo de unos de sus primeros enfrentamientos con los habitantes indígenas de las colonias portuguesas en Brasil, este hombre era mas demonio que cualquier otra cosa, presumía de haber acabado con mas de diez mil indígenas contando mujeres y niños varios de los cuales sufrieron horrendas torturas antes de morir; a Fiorelli poco le importaba el alma podrida del capitán Zavaleta pero lo que si le importaba en demasía era una historia a la que Zavaleta siempre recurría cuando ya estaba ebrio, una historia fantástica sobre una mítica ciudad en medio de la selva bañada en su totalidad por el mas precioso oro y las gemas mas finas, un lugar al que solo el había sabido llegar, era en este punto de la conversación en que Zavaleta se sacaba del pecho un pequeño collar que sostenía una bolsita de cuero en la cual este se jactaba de guardar el único mapa existente a dicho lugar, todos los que allí se encontraban apostando, fornicando y bebiendo se burlaban de las pretensiones del español, pero Fiorelli era el único que no se burlaba y es que para un hombre con tantas deudas imposibles de pagar estas historias de Zavaleta le habían caído como un bálsamo curativo, que sanaba sus heridas y preocupaciones, debía entonces apoderarse de dicho mapa, es por esto que una de esas noches Fiorelli siguió a Zavaleta oculto en las penumbras de las peligrosas calles romanas, cuando lo estimó propicio y se cercioró de que no hubiera nadie cerca se acerco por las espalda al capitán español que se tambaleaba debido al exceso de licor en sus venas, Fiorelli le tomo por el cuello y con un movimiento veloz de su daga cérceno el cuello del capitán y cortó al tiempo el collar con la pequeña bolsa de cuero, esa noche nadie vió como la carmesí figura del cardenal desaparecía de la escena del crimen.

Esa misma semana, Fiorelli se presentó en el vaticano para ofrecerse como voluntario de la misión evangelizadora en Brasil y como no había competencia para aquella labor fue enviado de inmediato al nuevo continente de las Américas.

A su llegada Fiorelli contrato un par de guías indígenas ordenándoles que lo llevaran al corazón del amazonas, cuando ya se adentro varios días de camino en territorio salvaje acompañado por un grupo de 20 soldados portugueses de elite y sus guías, fue que les compartió a estos el mapa para así ordenarles que lo llevaran allí, a su ciudad oculta de tesoros magníficos, los guías, guaraníes ellos, trabajadores o mas bien esclavos de la corona portuguesa tomaron la pequeña bolsa de cuero, la abrieron y sacaron un rollo de pergamino diminuto, lo extendieron sobre una piedra grande y lisa que había a su lado, había iniciado entonces una conversación entre los guías a medida que señalaban con sus dedos puntos en el mapa, finalmente sus dedos coincidieron en un punto de dicho mapa y una palabra sonó al tiempo en sus labios temblorosos, Moloch!

Moloch! Repitió Fiorelli enojado, que se supone que significa? Contesta ahora infiel inquiriendo a uno de los guías, el cual podía hablar portugués y servía de traductor de cuando en cuando, abre tu maldita boca sino quieres que te mande crucificar aquí mismo.

Moloch! Amo, no debe de ir allí, esa “ciudad” como usted la llama esta maldita, nuestra gente no se acerca a ella desde hace mucho amo, Moloch reside en ella, es su señor mi amo, si no quiere morir y convertirse en nada no debe de seguir ni un paso mas en esa dirección; esta bien pequeño, respondió Fiorelli, tan solo dile a tu amigo que te indique bien por donde debemos de ir, el poder de nuestro señor Jesucristo nos protegerá de vuestros dioses paganos, no temas y termina tu labor, el guía volvió a compartir unas palabras con su compañero, ambos estaban invadidos por el terror y no sabían que hacer finalmente contesto el traductor: mi compañero dice que tiene miedo de ir allí, que preferiría que lo matara antes de pisar tierra de Moloch y que le advierte no ir ya que ni su dios ni el de nadie mas manda sobre Moloch.

Blasfemos, blasfemos ambos, Soldados! grito Fiorelli encolerizado, los soldados rodearon a los tres involucrados de inmediato, crucificadlos a los dos entono Fiorelli con una macabra sonrisa, las suplicas de los indígenas se dejaron venir, los soldados los tomaron por las axilas y los halaron hasta un pequeño claro en medio de la selva, allí empezaron a talar sendos troncos para las cruces mortuorias hasta que uno de ellos, el traductor, exclamo con toda la fuerza de sus pulmones: se lo diré! Se lo diré!

Fiorelli se acerco a los indígenas, así que han recapacitado pequeñines, me alegro tanto por ustedes, soltadlos! soltadlos! termino Fiorelli al tiempo que les arrojaba el mapa de pergamino, estos de rodillas, doblegados por los soldados portugueses le miraron con desdén para finalmente indicarle a Fiorelli y a los soldados como llegar a su preciado tesoro, cuando hubieron memorizado el camino Fiorelli se levanto y dijo: sigo sin ver a estos dos clavados en una cruz, términe su trabajo capitán Cortez, como usted diga señor, respondió el capitán mientras pateaba inmisericorde el rostro de los indígenas.

Entrada la noche las cruces estaban en pie junto con sus nuevos usuarios, Fiorelli los miraba desde su tienda y la sonrisa en los rostros de aquellos dos moribundos lo inquietaba, tanto así que no pudo resistir el acercarse a ellos para preguntarles el porque de tanto felicidad, el traductor le contesto: preferimos morir aquí crucificados que con ustedes en ese maldito lugar al que se dirigen donde ni la muerte es un alivio, la rabia se apodero del rostro de Fiorelli y con asco escupió sobre aquellos dos hombres.

A la mañana siguiente partieron dejando a los dos moribundos a merced de la intemperie y de la fauna de la agreste selva amazónica, la ruta coincidía por completo con las indicaciones de los indígenas, tras tres días de camino llegaron a una pequeña aldea que según los guías torturados estaba a las afueras de la ciudad dorada, fueron recibidos por un comité de guaraníes, pero estos a diferencia de muchas otras tribus cargaban en sus personas valiosos y lujosos collares y pulseras de oro solido algunos de ellos con esmeraldas de cinco centímetros de diámetro, al ver esto Fiorelli y los soldados confirmaron que estaban cerca de su destino, uno de los indígenas se acerco a ellos y les hablo en un portugués poco fluido pero que ellos entendieron a la perfección, se les estaba pidiendo entonces que se reunieran con el jefe de su tribu, Fiorelli sabia que seria prudente hablar con el y averiguar un poco mas sobre el origen de sus riquezas.

 En medio de la aldea se erguía una tienda mas grande que las demás, allí tuvieron una reunión Fiorelli, Cortez y el jefe de la tribu, estos le explicaron todo sobre su búsqueda y tras prometerle que dejarían gran parte del tesoro para el bienestar de la tribu el jefe hablo, diciéndoles que ellos eran los guardianes de aquella ciudad pero que no tenían problemas en dejarlos pasar, incluso les permitió llevarse como guía a un hombre de su tribu, su hermano para ser mas precisos, estando ya todo claro partieron de inmediato a la ciudad prohibida.

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Al avanzar unos cuantos kilómetros se encontraron con una maravilla sin igual, una estatua de diez metros de alto, la efigie del mismísimo Moloch, el demonio del que tanto habían escuchado, pero lo maravilloso de dicha estatua es que estaba hecha de oro solido, debía de pesar toneladas, con eso Fiorelli podría comprar la mismísima Roma, a partir de ese momento Fiorelli no era ya dueño de sus actos, lo poseía ya la codicia del oro naciente de esas tierras y no solo a el, a Cortez y a sus hombres también, ya hablaban los soldados de cuantas putas comprarían con aquella descomunal cantidad de oro, Moloch el demonio dorado los tenia ya en sus manos.

Sobre la cima de una alta colina el hermano del jefe de la tribu que les servía de guía se detuvo y le indico a Fiorelli donde estaban las puertas de la ciudad ya que el no podía avanzar mas, se les tenia prohibido avanzar mas allá de aquella colina, Fiorelli asintió y señalo con su mano en la dirección que el guía le había indicado para cerciorarse de haber entendido bien, a partir de ese punto siguieron su marcha solos los extranjeros.

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Al llegar a las puertas de la ciudad se quedaron de una sola pieza al confirmar que la leyenda y la historia de Zabaleta eran ciertas, las puertas, los templos, las chozas, todo absolutamente todo estaba bañado en oro, lo único que les parecía inusual a parte de la descomunal riqueza era que la ciudad estaba desértica, solo se escuchaban los pasos de veintiún hombres codiciosos; se adentraron aun mas en la ciudad sin notar siquiera que las puertas doradas por obra de magia se habían cerrado, en medio de su caminata de exploración notaron que una enorme columna de humo negro ascendía desde el centro de la ciudad, los soldados pusieron su guardia en alto y corrieron en marchas forzadas hasta el epicentro de la metrópoli dorada, Fiorelli no se quedo atrás y corrió junto a ellos con su escarlata indumentaria de cardenal ondeando al viento; cuando por fin todos estuvieron en la plaza central de la ciudad sus ojos se desorbitaron al ver que una gigantesca hoguera se levantaba allí y que en medio de la hoguera un demonio como nunca antes habían visto los esperaba, el engendro debía de medir unos 15 metros de alto, su piel era roja como la lava y de su espalda brotaba una grotesca cabeza de caballo, Fiorelli sabia ahora que ninguno de ellos saldría vivo de allí y que ese era el famoso Moloch, lo que quedaba de su lacónica fe activo algo en el que le hizo acercarse al demonio mismo y decirle: en nombre de Dios yo Marco Fiorelli cardenal de Roma reclamo estas tierras por la gloria del reino de los cielos, el demonio reventó a carcajadas, carcajadas que sacudían la espina de aquellos valientes hombre curtidos en la guerra de la colonización, cuando termino de reír sus labios se movieron dejando ver un sin fin de hileras de afilados colmillos para decir: sus dioses no tienen poder aquí, Yo soy Moloch, la codicia del hombre encarnada y valla que me daré un festín hoy con su avariciosa piel, abandonen toda esperanza ya que hasta sus almas engullire.

De repente la tierra empezó a temblar, gruesas raíces rompieron el suelo y moviéndose por si solas empalaron a los veintiún hombres desde el ano hasta a la boca, el fuego se extendió quemando la impía carne para deleite de Moloch.

El hermano del jefe de la tribu presencio en las sombras dicho espectáculo, horrorizado por tal carnicería se acerco hasta tomar algo que brillaba del suelo, Moloch ni se inmuto, estaba demasiado ocupado arrancándole la piel del hueso a Fiorelli que aun estaba vivo, después de un buen bocado italiano Moloch vio al indígena que había levantado una cruz de oro incrustada de rubíes, era la cruz cardenal de Fiorelli, llévatela! Dijo Moloch con severidad al indígena, me has servido bien, la codicia de estos hombres me hace grande, me hace fuerte, tráeme mas y protegeré por siempre vuestra aldea.

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El indígena asintió y salió de la ciudad prohibida; fueron muchos mas los exploradores y soldados que intentaron encontrar la ciudad dorada, ninguno de ellos regreso vivo, todos hacen parte de Moloch ahora, a la final los colonos desistieron de esa fatal empresa y se dedicaron a robar, violar y destruir toda la cultura de aquellas tierras, la única aldea que aun hoy sobrevive es la de los guardianes de la ciudad dorada que hasta el día presente siguen llevando incautos y codiciosos hombres al encuentro de su destino, la mas brutal y enferma de las muertes a manos de Moloch un demonio que nació del corazón del hombre.

Escrito por Cris Montoya

CEO Mad Fox Comics

Ilustrado por Juan Camilo Cadavid

CEO Mad Fox Comics